COLECCIÓN "NO SOMOS"

Presentamos relatos para la reflexión personal, comunitaria y religiosa


LAVANDERAS

Carla con energía colocaba la ropa en el lavarropas del gran lavadero. Cinthia le pasaba la ropa que iba seleccionando por tamaño y color. Entre la ropa que iba requisando, llegó a sus manos un pantalón de varón de fina trama. Al sacudirlo se oyó un sonido opaco que golpeaba contra la mesa de planchado y denotaba un objeto relativamente pesado. Como escabulléndose entre la ropa sucia, la mano de Cinthia fue intuitivamente hacia el encuentro de ese objeto que se había escapado del pantalón. Tocó percibió, y rápidamente alzó llevándose a la altura de sus ojos, el objeto redondo brillante y dorado. Sus ojos quedaron hipnotizados por el resplandor de la figura femenina con alas en el centro de un lado de la moneda. No llegó a darla vuelta cuando de espaldas a Carla, está le dijo una frase que la hizo caer en la pobre realidad de ser una lavandera asalariada:

-   ¡Cinthia! ¿Hay más ropa? ¡No tengo todo el día!

Cinthia rápidamente y sin que lo notara Carla, en el bolsillo de su delantal, depositó la moneda dorada, salvaguardándola e intuyendo que no era una moneda cualquiera, que podía tener gran valor. Siguió pasándole la ropa para lavar a su cuñada mientras sentía como se balanceaba en el bolsillo esa pesada moneda que rozaba el lado derecho de su cadera.

Unas horas después, cuando Carla salió a fumar y hablar con su marido, Cinthia pasaba el trapo de piso limpiando la sala de los lavarropas. En el vaivén de la trapeada, seguía sintiendo la caricia de la moneda que hacía que no pueda olvidarse su presencia y los fantasiosos destinos de esa pieza, que hacía que Cinthia tenga la plena certeza que era una moneda de oro.

Hacía tiempo que Cinthia, por invitación de su hermano había salido del pueblo y dejando todo, se fue a la ciudad. No por buscar otra oportunidad o destino, era para realizar su vocación de ser profesional, estudiar y tener un título universitario para realizarse como persona. Además de tener un poco de curiosidad por todo lo que su hermano y cuñada le contaban.

Apoyando en su hombro izquierdo el palo del secador, deslizó su mano en el bolsillo y sacó a relucir la moneda, viendo su otra cara, un águila sobre un arbusto y se leía alrededor “Estados Unidos Mexicanos”. Su rostro dorado iluminó su sonrisa y con alegría se dijo para sus adentros: “¡Es un mexicano de oro!”.

-  ¡Cinthia! ¡Vení a ayudarme a planchar! ¡Ya que estás ahí parada sin hacer nada!

Otra vez Carla, con su llamado le hizo sentir la amargura de su situación laboral, trabajo digno pero paupérrimo. Mientras se acercaba a Carla en la sala de planchado, sus pies no los sentía tocar el piso, estaba en el aire del éxtasis de la imagen de “la victoria alada” de la moneda de oro. ¿Está es la oportunidad a sus penurias? ¿Ha sido rescatada por la mujer alada o ella se yergue para forjar su propio destino?

-    Sí, ya voy. Estaba limpiando el piso, no estaba sin hacer nada, Carla. – se lo dijo con un tono serio, porque estaba molesta por el trato de su cuñada y se puso a planchar.

Cinthia por ser soltera, aceptó el ofrecimiento de su hermano a vivir en su casa junto a su cuñada. Fue el precio de seguir su vocación, pero de limitar su libertad, emancipación e independencia. Inclusive en lo económico, ya que su sueldo de la lavandería, lo ponía a disposición de la administración de su hermano y cuñada.

-    Carla, ¿viste las sandalias de la zapatería de la esquina? – preguntó mientras suavemente desplazaba la caliente plancha sobre el pantalón donde había encontrado el mexicano de oro.

-    No. ¿cuáles? – contestó Carla, sin muchas ganas de hablar.

-   Las de color beige, son lindas y cómodas para poder venir a trabajar y no estos zapatos cerrados que me están matando de calor. – sugirió esperanzada Cinthia, ya colgando en la percha el prodigioso pantalón.

-    No las vi, y no creo que necesites ese calzado para un lugar como este. – hizo un silencio y agregó: “Este mes no hay plata, tu hermano este mes está pagando la cuota de la moto”.

-   Ah, bueno. – dijo Cinthia y en silencio siguió planchando.

El error humano, el descuido de los bienes materiales de algunos, puso en las manos de Cinthia, un valor como un gran bienhechor, para que pueda usufructuar la fortuna que estaba teniendo. No pensó en la desdicha de la persona que perdió la moneda, sino que se justificó con la fortuna que la había visitado como una bendición del cielo.

Su oficio de lavandera cobraba una relevancia e importancia capital en relación con su beneficioso hallazgo. Ella iba a “lavar” esa fuente de dinero de su dueño desgraciado y desconocido y de sus familiares más cercanos. Además de “lavar” su conciencia porque en la misteriosa caridad de Dios, ella encontró un “tesoro” escondido en una muda de ropa y halló una “perla fina” en una pila de prendas sucias.

¿Y el propietario de la moneda? Ella es ahora. ¿Y el beneficiario del valor de esa moneda? Ella es ahora. ¿Habrá que declararla? Los pobres no declaran sus fondos, ya que de su pobreza no se pueden sacar aranceles para pagar impuestos o compensaciones. En definitiva, ella va a administrar ese dinero y va a compartir con su hermano y cuñada, qué necesidad hay en explicar y aclarar cosas.

Cuando sólo se plancha ropa limpia, la plancha se desliza bien, en silencio.

No, no somos lavanderas, somos Misioneros del Verbo Divino.


WHATSAPP MORTIS

El monje Berengario, de la Abadía de Dios Uno y Trino, recibió un whatsapp de su hermano monje querido Flematic: “Estoy en cama enfermo. No voy almorzar”. Berengario, elevó una oración por Flematic y como no tenía los anteojos como para ver el teclado virtual de la pantalla del celular, no envió respuesta.

Después de la oración de vísperas, Berengario recibió otro mensaje de Flematic: “Estoy en cama enfermo. No voy cenar”. Berengario, se preocupó un poco, como el tamaño de las letras de la pantalla del celular y como había compartido en el almuerzo la información de la enfermedad de Flematic, ahora en la cena le compartió a la comunidad la nueva situación de Flematic y pensó: “Alguién tendría que ver a Flematic está enfermo…” Como buen monje entrado en años y mañas en la vida religiosa, cambió la frase en pregunta y dijo en voz alta: “¿Puede alguien ir a ver a Flematic?, está enfermo”.

Fray Hiel espetó: “Que vaya el Abad”.

Fray Dolobú agregó lacónicamente: “Está de viaje”.

Fray Praxis: “Bueno, que vaya alguien que vive en la otra ala del convento”. Praxis se refería a que alguien de la comunidad que vivía en el otro sector del convento se haga cargo de ver a Flematic.

Ya hace tiempo que la comunidad cenobítica podría vivir en un solo sector de la Abadía, porque son gerontes y hay pocos monjes. A esto se suma que ya hace tiempo que no hay nuevos jóvenes monjes. Además, como algunos miembros de la comunidad monacal no se llevan bien entre ellos, prefieren verse lo menos posible, salvo en los momentos comunitarios que rige la Regla. Las grandes estructuras, las faraónicas abadías, todavía contribuyen en algo, que es a la paz y a la sana convivencia de los monjes.

-  “Bueno, yo voy a golpearle la puerta está noche” – dijo el monje Victimix. No le costaba mucho, ya que vivía a dos habitaciones de Flematic.

En los maitines, Flematic no apareció. En el desayuno, Victimix informó que golpeó la puerta y que no contestó Flematic.

-  “¡Y porque no abriste la puerta de la celda!  – irrumpió en el amplio y silencioso refectorio la voz acusatoria de fray Iraz.

-  “Seguro que no tenía la llave” – acotó Ironic, monje de habituales comentarios graciosos y desdramatizantes.

Berengario con gesto de desprecio hacia Ironic, agrega: “No tiene porque encerrase, somos familia y yo tengo una copia de la llave, en caso necesario me la hubieran pedido”.

-  “¿Y dónde está el Abad?” – Hiel insistió para desligarse de la responsabilidad de su antagónico hermano Flematic.

-  “¡Que está de viaje, ya lo dijimos ayer! A parte no necesitamos al Abad para ocuparnos de nuestros temas comunitarios… Berengario tu que lo conoces bien ve a verlo” acotó Fray Suavecín.

Se hizo un silencio, las cucharas hacían ruido en los vacíos tazones de la colación y los monjes se iban parando para hacer la oración de agradecimiento del desayuno. Incorporándose y siéndose aludido, fray Berengario balbuceó: “Le mandaré un whatsapp”.

Pasó el día y nadie comentó nada de Flematic y su ausencia en el almuerzo y en la cena. Las comunidades religiosas muchas veces se toman un sapiencial tiempo para tratar temas urgentes, como en el canto litúrgico: se hace con la parsimonia y lentitud de recitar las letanías: pausados y siempre confiando en Dios.

Al día siguiente a media mañana, los mastines del portón de entrada de la Abadía comenzaron a ladrar dándole la bienvenida al auto del Abad.

A la distancia por el bullir de los canes, los monjes en sus tareas y servicios, ya se enteraron que llegó el superior, otros concentrados en su místico trabajo, ni siquiera repararon en los ladridos de los perros.

Ni bien pisó el patio de la Abadía, fray Paper, secretario del Abad Dux, lo puso al tanto de todos los pormenores de la comunidad y del tema de Flematic. Fueron a su celda y con la copia de la llave que tenía Berengario, al abrir, encontraron al hermano Flematic que yacía en la cama sentado con sus lentes de leer observando la pantalla de su celular sostenido con su mano izquierda en rigor mortis. Su dedo índice derecho apuntaba al celular, con la intención de escribir un mensaje.

Luego de las exequias, saliendo del cementerio de la Abadía, el Abad Dux, le pregunta al monje Berengario:

-      “¿No lo fueron a ver en estos días?” – haciendo alusión al hermano Flematic.

A lo que el monje respondió: “Yo le envié un whatsapp y no me contestó”.

No, no somos monjes, somos misioneros del Verbo Divino.

 

  

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